El Convite del 16 de agosto
(Un relato políticamente incorrecto)
Aquel día parecía presentarse complicado, Adela daba vueltas, iba y volvía del armario de la ropa a las ventanas y vuelta al ropero… No parecía que el tiempo se presentase desapacible, ya por la mañana a la vuelta de misa de ocho había podido comprobar que el Cuera estaba con la capota puesta y el horizonte de la mar se despertaba azul… No llovería. Iban a tener suerte aquel dieciséis de agosto, con todo lo que había caído en julio…- ¡Tendrán suerte…!
Su amiga Rosaura la había invitado a comer en tan señalada fecha, cómo rehusar la invitación a aquel convite, a mesa puesta, la seguridad de una buena comida que no era precisamente a lo que estaba acostumbrada … ¡En fin…!… Por primera vez, en todo el tiempo que duraba su amistad, se había traspasado la frontera, el límite en el que se respetaba tácitamente, el mes de cada una, nada de compartir saraos, nada de “hacer bultu” en la fiesta de la otra… La excusa para la transgresión venía del otro lado del mar, una hermana de la anfitriona llegaba de Veracruz y quería compartir con su también amiga, la celebración que hacía tantos años no había podido disfrutar. Ante esto no cabían melindres y aunque su sangre y cada uno de los poros de su piel se sublevaban ante esta “traición” no quedaba otro remedio que acudir a la comida.
Se decidió finalmente por el vestido de siempre… – ¡No el nuevu no, que lu había estrenau para la procesión del 22, esi no, el otru, el de vestir, el de los domingos! ¡Bah, nina, de sobra…! – Metió un pañuelo limpio en el bolso y poco más, trancó la puerta de casa y, casi a escondidas, por los atajos que la despistaran de los conocidos llegó a casa de Rosaura. Los abrazos de la hermana emigrante casi le soltaron las lágrimas y a punto estuvo de hipar cuando vio la mesa del comedor con las fuentes de los entremeses sobre el mantel de hilo… ¡Qué festín!… Fueron llegando el resto de comensales, la familia y uno o dos “compatriotas” del bando contrario. La comida transcurrió sin sobresaltos, había tanto que contar, novedades con que informar a la viajera, cosas que contaba ella del lugar del que venía… Todo parecía transcurrir sin sobresaltos… Llegaron los postres y Rosaura levantó la copa para hacer el brindis… ¡Viva San Roque y el perru!… Adela, movida por un resorte invisible se puso en pie haciendo tambalear el asiento y levantando su copa alzó la voz todo lo que pudo… ¡Franco, Franco!… Atónitos los comensales no tuvieron más remedio que responder en los mismos términos… Nunca supimos, aunque podemos suponerlo, que este brindis supuso para la conciencia de Adela la forzosa elección entre dos males.


