Hace dos años, parece que pasaron más y parece que fue ayer, tomaba cuerpo una dolorosa despedida que hacía tiempo se anunciaba, incluso en el camino hacia el adiós nos olvidábamos que tenía que llegar. Aquellos últimos días de un noviembre compartido, las hojas del libro iban acercándose al final de su lectura mientras mi oido creía escuchar la respiración entrecortada de una siesta inquieta. La única persona en todo el mundo que compartía mis recuerdos, poco a poco, en cada aliento acortado se difuminaba también en ese camino al corazón que tan sólo ella podía recorrer. Ese lenguaje tácito, la mirada que nos provocaba la risa, aquella cómplice inflexión en nuestra voz que lo transmitía todo. Me estaba despidiendo de ese alguien que, viendome exactamente como era pensaba que con eso era suficiente… Pese a las peleas siempre llegaba la paz, discutíamos, nos señalábamos nuestras debilidades, nuestros errores pero siempre volvíanos a estar juntas. Querida hermana no he podido despedirme de tí… Serás siempre la presencia eterna en mi corazón, en mi alma y en mi memoria.


