Hay personas que son como hojas de otoño, algunas revolotean al albur del aire… otras toman las riendas de su viaje y deciden enfrentar la vida, esa vida que se encoje o se expande en función del coraje con que se enfrente. Chucha pertenecía a este segundo grupo, las derrotas a las que logró sobrevivir la hicieron fuerte y decidida.
Venía Mª Jesús de una familia numerosa, su padre Toribio Goti, su madre Concepción Somohano, trajeron a este mundo una prole de hombres y mujeres que, a su vez, prodigaron con nuevas generaciones su estirpe. Pedro, Josefina, Maxi, África y Tomás fueron los hijos de Chucha y Pedro. A Pedro le gustaba el “arte”, le gustaban la muleta y el capote que manejaba con destreza en novilladas, vuelta al ruedo incluida en alguna de ellas. En la pared, detrás de la puerta de entrada, en la casa de la Plaza de la Magdalena, tenía nuestra tía Chucha colgadas dos banderillas que recordaban las pasadas glorias de su marido. Lo suyo, lo de ella, era trabajar usando el tiempo como herramienta para sacar adelante a sus hijos y a la abuela Concha, menuda, menguada, siempre de negro, el pelo cubierto con un pañuelo del mismo color sentada a la vera del fogón de la cocina de carbón.
Cada día amanecía Chucha ante la mesa de la cocina, frente a un café negro y dos optalidones… ¡Qué atractivas resultaban aquellas pastillas color de rosa para los ojos infantiles! Las visitas que la sobrina hacía a la Plaza de la Magdalena de la mano de su hermano Eulogio, eran siempre una novedad por más que se repitieran, aquel pasillo que salía de la cocina, tras la puerta gris, después de subir la escalera abierta a un patio…
Algunas tardes era ella la que visitaba al hermano en Santa Ana, la cría, entonces, arrimaba una silla y se sentaba entre los dos para empaparse de las historias… “Mira mi cría, hasta que no fui vieya no supe que los plátanos crecían en los árboles…” y se reía. La risa de tía Chucha no era sonora, se dibujaba en su cara como una mueca y a la cría le gustaba porque el abuelo dibujaba ese mismo gesto que transmitía algo parecido a la alegría…
Eulogio padecía narcolepsia, un trastorno que, con el paso del tiempo se había ido agravando y había días en los que tenía dificultad para permanecer despierto durante mucho tiempo, podía dormirse de forma repentina, en cualquier circunstancia. No había por entonces tratamientos médicos que ayudasen a controlar esos síntomas, de manera que esos episodios se observaban en casa como algo normal. En uno de aquellos momentos en los que el abuelo “desaparecía” la tía Chucha le explicó a la cría lo que estaba pasando…” Mira Anina, lo que i pasa al tu güelu es que, cuando andaba navegando por la mar de África picoi la mosca sése, la mosca del sueñu y por eso dan i esos ataques…”
Durante mucho tiempo se imaginó la cría cómo aquella mosca había elegido a su abuelo para transmitirle esa gana de dormir a todas horas. Las despedidas de aquellas visitas terminaban siempre de la misma manera… “Chucha, no seas burra – le decía el hermano- no tienes que andar d´alante p´atrás, los hijos ya son mayores y se las arreglan solos… ¡ Mira que eres terca!… ¡Qué necesidá! – Ella se levantaba de la silla… “¡Bah, Logio, no empieces! – Recuerdai a la cría que pase mañana a coger unos churros…” Y allá que se iba, haciendo caso omiso de los consejos del hermano, sin darse por enterada de su edad…
Por la tarde había que ir a por los churros… “Ven p´acá mi cría”- Dos roscas de curros calientes y crujientes con una buena lluvia de azúcar glas cogían el rumbo de Santa Ana, entre las manos pequeñas y vergonzosas… “Qué pasó hoy, que no fue la cría…” ¡la vergüenza de tener que saltar de la cola era tanta…! Cuando llegaba el verano Chucha transportaba sus latas de aceite y la freidora al Sablón… “Logio, que no olvide la cría pasar a por patatas… “Aquellos cucuruchos de papel de estraza eran la mayor de las tentaciones, a pesar de los colores que iban asomándose a la cara en cada paso hacia la playa.
Así era ella, generosa y grande, una mujer menuda con un rostro que parecía tallado en piedra y escondía tras la piel curtida incontables horas de fatiga y entrega. Nuestra tía Chucha que, como aquel supuesto mosquito que inoculó el sueño a mi abuelo, me transmitió el orgullo de casta, de pertenencia a una familia en la que las falsas apariencias no tenían cabida, tan sólo el valor del trabajo, el cariño y la honradez habían de ser el mejor equipaje para transitar por este mundo.


