Tardes con la señorita Pilar
“Cuando éramos niños los viejos tenían como treinta, un charco era un océano la muerte lisa y llana no existía.”
Intacto en la memoria permanece aquel espacio enorme en el recuerdo, el suelo de tierra y guijarros que crujían bajo nuestros pies, el aire bailando en el flequillo, y la luz de un cielo incoloro… Esta es la foto de lo que no se puede olvidar, la imagen de esos primeros años fijados en la memoria, aislados, pero claros y distintos, la vida silenciosa sin rumbo y sin día, cálidamente intensa. Distinta era aquella atmósfera en la que transcurrían las tardes que compartíamos alrededor del chocolate caliente y espeso que nos preparaba la señorita Pilar… Una mujer fuerte y rotunda, cálida y protectora… su voz áspera suavizada por un acento melodiosamente caribeño… su caminar cadencioso que envolvía sus piernas en el vuelo de su falda… su media melena fosca y un delantal de enormes bolsillos repletos de incógnitas. En las tardes de la señorita Pilar nos juntábamos un montón de críos, no sé muy bien qué hacíamos, pero aún saboreo aquel chocolate que suponía un festín en las tardes de verano… “Despliego el mapa que besa mi infancia y saltan del cajón guiños guardados, aplaudiendo sus ojos animados, renace su luz desde la distancia”



