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Cocinando historias

La Jambrísima

En la cocina de Santa Ana los recuerdos se calentaban a fuego lento. Sobre la mesa de madera pulida por esparto y arena se escogían las lentejas, se quitaba la vaina de los arbejos o se hacían los copiados mientras, el atardecer acercaba el momento de la cena y, en ese intermedio, surgían las historias… Una y otra vez contadas, una y otra vez repetidas… Una de esas historias se situaba en la orilla de la Playa del Sablón, una tarde  en la que había aparecido un cachalote transportado por las olas que morían en la arena. Rápidamente se extendió la voz por los barrios de La Moría y Santa Ana. Empujados por la curiosidad algunos vecinos se acercaron a ver qué era aquello, con una opinión de aquí y otra de allá, se llegó a la identificación de aquel ser enorme, y se tomó la determinación de que, al ser familia de la ballena,  de alguna parte de su enorme cuerpo podría sacarse provecho… Y puesto que la naturaleza nos dió dos oidos para oir mejor y una sola boca para callar a tiempo, a la chita cayando, una de las vecina subió hasta su casa a la vera de la playa, cogió el caldero de la eslavacia y dejó caer dentro un cuchillo. No le resultó fácil rebanar aquellos pedazos irregulares, rojos y prietos con los que llenó el caldero, pero el botín le pareció suficiente y con él se metió en la cocina. Troceó más menudamente la carne y preparó un guiso con los restos que encontró rebuscando por la pequeña y escasa huerta.

El destino de aquel «manjar» era el estómago del gochu que, con celo y mimo cuidaba en el cubil y del que esperaba buena cosecha cuando llegara su San Martín. Abstraida en lo suyo no se percató de la llegada de dos vecinos, hermanos, que ganduleaban por el barrio acogiéndose a la ayuda que, a cambio de pequeños favores, les brindaban los vecinos. Mantenían con ella chanzas y chascarrillos, compartían esto y lo otro y formaban, en conjunto, un trio peculiar… Entrando ya la noche, en una de sus visitas, encontraron a la mujer removiendo en el puchero el festín que había preparado. Al verlos y movida por la generosidad que siempre tenía para con ellos,  decidió compartir aquel guiso preparado para el inquilino de cuatro patas. En dos platos sirvió a los visitantes otras tantas raciones de lo cocinado y depositó el caldero a las pies del cerdo. Se retiraron los invitados tras dar buena cuenta del convite, también la cocinera.  A media noche unos gruñidos que venían del cubil la despertaron, en el suelo, sin poder mantenerse en pie, su espejismo de jamones y chorizos languidecía… A toda prisa se llegó a la cocina, tomó el puchero del café y se lo dió a beber al animal que no reaccionaba por más que metía el hocico en el recipiente… Nada pudo hacerse, entre retorcijones y espasmos el gochín estiró la pata ante las lágrimas de su dueña.

A la mañana siguiente, en el quicio de la puerta asomaron las dos caras agradecidas y sonrientes que habían compartido cena con el gorrino y venían a saber si había sobrado algo de la noche anterior… En cuanto las tuvo delante se echó las manos a la cabeza y salió, exclamando a voz en grito por la Moría… -¡Ay Dios mío, que mal repartidu está el mundu, el mi gochu muriose con la cena y estos dos, que no sirven pa na, andan tan campantes…! ¡Qué te hice yo, Dios mío!!…  Nunca se supo la causa del funesto desenlace, tal vez el exceso de cafeína acabó con la vida del animal y también es probable que el cuerpo de los «invitados», preservado por el alcohol,  hubiese sido inmune a la carne posiblemente putrefacta del animal varado… Nunca se conocieron los motivos, pero esa historia quedó enganchada, con regocijo y para siempre, en las ramas de los pláganos que rodearon el Prau de Santa Ana y en la memoría de quienes situaron el incidente en la época de la Jambrísima.

 

 

 

 

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por | Oct 25, 2024

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