En la finca cerrada convivían con magnolios, limoneros, camelios y algún otro árbol enorme, no recuerdo con exactitud cuál, las palmeras más altas y esbeltas de La Concepción. Sí me viene a la memoria el aspecto extravagante que ofrecían a la derecha del caserón ruinoso, tras el que se extendía una pomarada que a los críos les parecía el paraíso cada año que tocaba recoger manzanas para hacer sidra. Un enjambre de niños y adultos, esparciendo voz humana bajo la cúpula verde perforada de azules y grises.
Aquellas palmeras estaban aisladas, resaltando el contrapunto exótico a la rusticidad de los manzanos, formando un islote en el que peligrosos bucaneros habían enterrado su reluciente botín al son de “…¡¡¡¡¡ron, ron, ron, la botella de ron…! En nuestra simplicidad, eso nos sugerían aquellas palmeras, altas y despeinadas, por encima de nuestras cabezas y de nuestro entendimiento. Con el paso del tiempo se desbrozó la maleza, se retiraron los viejos manzanos y permanecieron las palmeras, junto a los magnolios, oteando el horizonte por encima de los tejados que empezaban a surgir a su alrededor. Con la brisa y el aire sus palmas eran enormes alas que se alejaban o acercaban a las nubes, algunos pájaros participaban en el juego yendo de una a otra, no había ruido, la vida no causa estruendo a esa altura. Sólo es movimiento silencioso.
Hace ya mucho, mucho tiempo que aquellos juegos se vieron alterados, hace mucho mucho tiempo que aquellas palmeras enfermas se prestaron a ser salvadas y los pájaros esperaron en vano para volver a ellas. Desde el otro lado las observábamos con pena y remordimiento por no haber llegado a tiempo… Aquella enfermedad tardó demasiado en diagnosticarse porque tardó mucho en descubrirse. Tras hipótesis y posibilidades varias, ninguna esperanzadora, se descubrió finalmente la causa y con ella el tratamiento específico. Desde Valencia llegó la respuesta acompañada por una nota “suerte con el tratamiento y a rezar”, curioso y poco esperanzador comentario “científico”.
El hongo patógeno Fusarium se reconoce y se teme, nos dijeron, por su capacidad de invadir a una diversidad importante de plantas y la variedad que les tocó a nuestras palmeras estaba reconocida como “peste severa”. Los hongos que, en este caso, se presentan como un daño brutal para una especie viva, se manifiestan de gran utilidad para salvar vidas en otras ocasiones… Una vez más las dos caras del espejo, los caminos paralelos, las dos orillas… Se buscó la esperanza, pero, definitivamente, no hubo marcha atrás. Una a una iban cayendo las palmas y aquellas que intentaban crecer no lograban desarrollarse. El refugio de los libros causó el efecto de sosegar el ánimo y abrir una ventana sobre el palmeral de los siglos, variedades de palmeras, comportamientos, consideraciones sociales, históricas, artísticas… el descubrimiento de la intensa y larga historia de aquel árbol y la fascinación ejercida sobre la Humanidad.
La historia de la palmera es una historia de emigración, llegaron emigrantes a estas tierras, primero al Sur, reclamadas a Siria desde Córdoba, por un joven príncipe nostálgico. Desde antiguo, este árbol que hunde sus raíces finas y sedosas en la tierra buscando el agua y sube recto hasta el infinito reclamando la luz, fue símbolo de justicia representándola como virtud recta, simple, sin complejos y presunciones, por encima de lo terrenal, sin caprichos ni ramificaciones adicionales. La corona un único brote de ramas que proyectan al suelo sus frutos, racimos que tardan en nacer… “como tardan los premios de la justicia en llegar al virtuoso”. En su tronco se esconden unos conductos filamentosos, como pequeñas venas, que le dotan de un tejido flexible, mucho más que el de cualquier otro árbol. Su tronco se va formando a partir de sus propias hojas y, aunque es muy resistente al fuego, sus heridas no cicatrizan como en los demás árboles.
A la par que filósofos, artistas y científicos iban adquiriendo un perfil más nítido de aquel árbol recto y justo, la vida de las palmeras proseguía su curso por los años de los años, ajena a los juicios externos, a las consideraciones éticas o estéticas. Las veíamos crecer delante de mansiones, de casinas de aldea remozadas con pretensiones de villa o chalet, en zonas residenciales… Alguien nos descubrió el embrujo que los emigrantes asturianos de ultramar, sentían ante aquel árbol exótico que, para ellos, conservaba en la verde Asturias, el fulgor de la luz y el calor de climas más templados.
Aquellas palmeras de La Concepción queremos imaginar que acompañaron al indiano que las veía crecer lentamente y, en cada destello que el sol le regalaba desde lo alto al filtrarse entre las plumas como plumas de ave, recordaría el brillo del mostrador de la tienda de abarrotes… Los días, interminables, se iban en ahorrar centavos y pesos para comprarse el terno y los zapatos, pasar por la barbería y acercarse ufano al fotógrafo. Enmarcada por una cartulina impresa, su retrato de indiano cruzaría la frontera del mar para llegar a la madre que esperaba siempre al hijo, más allá de las olas. Se cumplía, de esta manera, la primera norma que exigía el ritual del emigrante afortunado.

De una finca a otra se establecía la inevitable comunicación entre dos emigraciones. Se acompañaban ambas sin palabras, tan sólo con los gestos y las miradas, que acercan a seres de distinto idioma, se transmitían sus añoranzas. Las palmeras sobrevivieron al indiano serio, enjuto y callado que acarreó silenciosa y pacientemente su enfermedad. Es probable que tuvieran tiempo de despedirse y citarse en alguno de los paraísos en los que las palmeras y los hombres residen cuando abandonan la Tierra. El indiano había leído mucho y adquirido, también, mucha sabiduría, llegando a la conclusión de que la Riqueza está en aquello que, una vez adquirido, nadie puede quitarnos. Aquello que da la satisfacción de no haber vivido en vano y, en sus lecturas, descubrió que ese árbol era amado de igual manera por Dios que por Alá,

Las palmeras, las cinco, como dedos de una mano, ya no pelean por llegar a lo más alto, por cumplir todos los años que les faltan… Desde algún lugar el indiano las alentaba para que siguieran siendo el mascarón de proa de aquel lugar mágico donde magnolios y camelios, manzanos, limoneros y zarzas trazaron una historia conjunta, compartiendo tiempo y espacio bajo “aquellas agujas cenitales e inmóviles donde parecía estar la historia detenida”.
Escribía Paul Valery que, si un ser pudiera vivir más vidas que la suya, no podría vivir la suya. Porque la suya está hecha de una infinidad de accidentes, cada uno de los cuales pertenece a otra vida.


