
!Del mar, en la ribera, buscaba conchas y te encontré mirando, niña, las olas
desde entonces bendigo mi buena estrella porque buscando conchas hallé una perla, hallé una perla»
La canción, apenas un susurro, mantenía en duerme vela a Isabel arropada por su madre. A través de los visillos se filtraban haces de luz que hacían visibles minúsculas partículas doradas que tras flotar en el aire se depositaban suavemente en la mesa donde el padre hojeaba el periódico local. Se anunciaba la visita del gran diestro Mazzantini para celebrar una corrida de toros en Llanes y acababa de abrirse al público una biblioteca en el Casino-Teatro de la villa donde los socios podrían disfrutar de los libros, siempre y cuando no los sacasen del local. También aquel año, recordaba León, se había inaugurado el Hospital Faustino Sobrino, Llanes respiraba aires capitalinos… Pareció volver a la realidad para liar uno de sus cigarros y, con la primera bocanada de humo, abrió una pequeña libreta de tapas negras… “Yo, León de la Fuente García me casé con Ana García Sordo naturales y vecinos de esta Villa de Llanes el 26 de Mayo de 1883 a los 24 años de edad. Tuvimos por nuestros hijos legítimos a los siguientes” La primera página escrita en tinta negra ya estaba cubierta, levantó la vista observó a su mujer y a su hija, volvió a mojar la plumilla en el tintero y continuó en la segunda hoja “Isabel de la Fuente García, nació el 30 de Mayo de 1884 a las tres de la tarde. Fueron sus padrinos Pedro García Ruenes e Isabel Sordo Ruenes, sus tíos.” Faltaban dos líneas para terminar la página, las dejó en blanco y escuchó el silencio… Isabel estaba dormida, tomó a la criatura en sus brazos y la madre se alejó camino de la cocina, enseguida llegaría el tío Francisco.
A esas horas el notario subía con parsimonia las escaleras que, desde su casa sobre la playa de El Sablín, terminaban en la huerta donde las patatas, las zanahorias y diversas variedades de hortalizas crecían rodeadas de muretes repletos de claveles y heliotropos, de calas y fucsias. Cuatro escaleras más y ya estaba en el corredor del despacho-vivienda en el que su sobrino comenzaba a crear un hogar.
Cuando falleció su cuñado, aquel lejano verano del 80, dejando viuda y tres hijos, Francisco García Ruenes viudo y sin descendencia directa, notario de la villa en horas de trabajo, armador y constructor el resto del día, decidió tomar bajo su tutela a su hermana, a las dos pequeñas y al sobrino mayor, León que, con el tiempo, sería su ayudante en la notaría.
Isabel crecía en aquel espacio rodeada de halagos y cariño, escuchando y contemplando los golpes de mar en los bajos de la capilla de San Antón, al otro lado de la ría. Aumentaba la familia y las tapas negras custodiaban fecha tras fecha… “Ana María Ramona Quirina de la Fuente García, nació el 12 de Febrero de 1887 a las 9 de la mañana. Fueron sus padrinos Quirino Sordo Ruenes y Amalia de la Fuente García, sus tíos”. No faltaba el trabajo en aquella casa bulliciosa que iba sumando voces infantiles al transcurso de la vida bajo el ritmo de las cuadrículas que cuidadosamente iba rellenando el padre, llegaron Pancho, Manuel, Anita, León, Olvido y Ángeles. Sólo una anotación estaba escrita apresuradamente tras la fecha de nacimiento; “Blanca Aurora de la Fuente García nació el 3 de octubre de 1893 fueron sus padrinos Baltasar Cué Fernández y Aurora de la Fuente García, sus tíos. Falleció el 11 de Diciembre de 1896 a los tres años de edad”.
Las mañanas llegaban con los sonidos de la chapa de la cocina de carbón, se atizaban los rescoldos de la noche anterior y se prendía el fuego para la comida que, lentamente, despertaba al calor de los fogones. Mientras tanto se completaban el resto de labores, a través de las ventanas y los balcones abiertos al fresco llegaba el chapoteo en el lavadero de piedra, a la sombra de la higuera, y los canturreos de la lavandera:
“Encantadora niña, vamos al Fuerte donde podré decirte que sé quererte…
Llegado el mediodía la casa se encontraba impecable y los hombres se disponían ante la mesa bien dispuesta, la familia iba ocupando sillas y las voces se sumaban al ritmo de los cubiertos, el café de puchero humeante y oscuro acercaba la tarde y con ella la galbana. Siesta para algunos o, según estuviera el tiempo, reunión en la huerta- jardín para que cada una de aquellas mujeres se dedicase a su afición; Anita limpiaba las plantas, Isabel y María sacaban la labores de punto o el bastidor de bordado, la abuela trasteaba con los bolillos y Olvido leía. Ángeles, la pequeña, jugaba con su muñeca mientras los críos hacían de las suyas cuando la vista de la madre, Ana, se desviaba. El atardecer borraba las sombras y era el momento de rezar el rosario en familia, preparar la cena y establecer el ritual nocturno.
Se sucedían las estaciones, al invierno largo y oscuro le seguía la luz de la primavera y en aquel nido crecían los inquilinos sin mayores incidencias que las enfermedades propias de la infancia, pequeños accidentes domésticos o lesiones producto de trastadas infantiles.
Una vez aposentada la prole los padres, cogidos del brazo, dejaban a las criaturas bajo los cuidados de la abuela y tomaban el rumbo de alguna de las tertulias que se organizaban en la villa.
Acercándose las fechas de San Francisco, Santa Ana y La Magdalena se levantaba la casa, se sacaban las alfombras y se colgaban en la cuerda de tender la ropa, a la vera de la huerta para sacudirlas con la raqueta de mimbre. Se daba cera a los muebles, se almidonaban las mantelerías primorosamente bordadas y se contrataba a dos vecinas de la Moría para que ayudasen en la cocina.
Isabel crecía rodeada de sus hermanos y ayudando en su cuidado, la juventud la encontró pletórica. Alta, bien proporcionada, espalda recta y cuello esbelto, porte trabajado en las tardes de invierno cuando la madre colocaba unos pesados libros sobre las cabezas de sus hijas para hacerlas caminar rectas. Uno de aquello atardeceres de romería en El Fuerte, la tarde parecía ser igual a la de otros años, comenzaron los preparativos con tiempo suficiente y a media tarde, Isabel, María y Olvido se ayudaron en el arreglo para la celebración; el pelo recogido, unos polvos de arroz para disimular las imperfecciones del cutis, el inevitable pellizco para resaltar los pómulos y la impaciencia que, finalmente, siempre aparecía antes de tomar el camino hacia El Fuerte.
La costumbre establecía que las hijas, debían ser acompañadas por sus padres, una vez pertrechadas las damas de abanicos, guantes, limosneras y demás complementos imprescindibles se organizó la comitiva. Los vestidos que cubrían los zapatos de fiesta, arrastraban las pequeñas piedras que salpicaban el camino que rodeaba el Prau de Santa Ana, las charlas y las risas, los rubores y las miradas teñían el camino transformándolo todo. Aquella tarde apareció Bernardo, un hombre doce años mayor que Isabel, vecino de Poo, con “intereses en México” y lleno de posibilidades económicas y varoniles arrestos.
El noviazgo fue breve y el banquete nupcial se celebró en las casas de la Moría que acababa de construir el tío Francisco, Isabel a sus veinticinco años parecía prisionera en un traje de luto que no le correspondía.
Algunos días después, al anochecer, cuando la familia ya se había entregado al descanso, con el pulso alterado y la letra menos precisa que la anterior, el padre retomó la segunda hoja de su libreta negra y se encontró con el espacio vacío de página y media previsto para su hija, en aquel momento recordó otra anotación hecha cinco años antes y repasó aquella fecha… “Francisco Lázaro de la Fuente García nació el 23 de Agosto de 1888 a las 9 de la mañana… Embarcó para México el 23 de Septiembre de 1904…”… Pancho, el primer hijo que había cruzado el mar… La plumilla reposó unos instantes en el tintero y tras recuperarla con pulso incierto volvió el pensamiento a su hija mayor y anotó… “Y se casó el día 19 de Abril de 1909 con Bernardo Pérez Romano, natural de Poó, quienes marcharon en el mismo día para México donde éste tenía sus intereses, sus padrinos de casamiento Manuel Hartasánchez e Isabel Sordo, el primero de Poó y la última de esta Villa” En aquellas líneas las letras se apretaban negándose a confirmar una despedida.
Cuando llegó a México Isabel pensó que el mundo había dado la vuelta y en ese viaje se había perdido, en el equipaje se apretujaban, junto al ajuar preparado por las mujeres de la familia objetos domésticos, regalos que le llevaban el olor del salitre, el color verde del prau que veía desde la cocina. Tiempo y tiempo por delante, tiempo silencioso sin cuidados que prodigar, sin brazos pequeños que le rodeasen el cuello… Las tardes de cortejo parecían un sueño y la medida de su tiempo era otra, cada minuto tenía un dueño.
Con dificultad, poco a poco, adquirió la rutina de los trajines domésticos, las visitas a la tienda de abarrotes en la que encontraba telas, hilos y los ingredientes necesarios para elaborar platos con los que sorprender a Bernardo comenzaron a ser una válvula de escape. El peso de la rutina dio lugar a la necesidad de ocupar los días. Los tiestos comenzaron a brotar en el patio de José María Izazaga 47 México D.F. y en dos cuadernos comenzó a anotar recetas de cocina que le daban Rosario y Oliva, dos asturianas que frecuentaban su casa. Reproducía como podía algunas recetas de su madre, la langosta con salsa de chocolate, el bizcocho… Atizaba la lumbre esperando oír las carreras de los hermanos entrando en la cocina para coger borona y se dejaba llevar por la ensoñación entre potes y sartenes. La fuente precisa para servir el besugo, cómo conseguir el punto justo para que el Guajolote estuviese tierno, las fórmulas probadas y comprobadas en aquel laboratorio pasaban a engrosar los cuadernos de recetas.
Los suplementos de las revistas ilustradas eran una inspiración para sus labores de aguja y le faltaba tiempo para acercarse a comprar cortes para vestidos que enviaría por correo junto con un paquete de café y unas medias para sus hermanas. Sonreía al hacer el bulto imaginándose a su hermana María delante de la máquina de coser, peleando con los patrones para que Olvido no encontrase tachas en la confección. Las cartas de respuesta confirmaban sus sospechas y se reía al leer que su hermana Anita pretendía que, con las medidas de Olvido, le hiciesen a ella los trajes. Un broche, un prendido para la solapa en algún escaparate, cada paquete que salía de aquella casa era un compendio de nostalgia y añoranza cruzando el mar. Cada carta que llegaba era una fiesta con el color de los claveles y las fucsias a la vera del Sablín, un nuevo motivo de inspiración para nuevas labores, para otros guisos.

Por la tarde, en la silla de costura, cubierta la falda con un paño blanco para no ensuciar la labor, las mantelerías y las toallas de hilo pasaban por el bastidor para que las iniciales de su apellido y el de su marido quedasen perfectas. Con los restos del hilo sobrante de las sábanas preparaba paños para la cocina y bordaba a cadeneta pimientos y mazorcas de maíz. La aguja y el dedal eran la taquilla donde adquirir la entrada al pasado hasta que empezaron a llegar los hijos.
Cuando, por primera vez, supo de aquella nueva vida que llevaba dentro el futuro apareció como uno de aquellos haces de luz dorados filtrados en el atardecer de la casa de Santa Ana, mientras cuidaba la lumbre pensaba en las tardes, escasas de horas para preparar la canastilla, las camisinas de hilo, los faldones, las chaquetinas de punto, todo era poco…
Del mar en la ribera buscaba conchas y te encontré mirando…
Aquella canción……
Bernardo la encontraba feliz, más guapa, más mujer, más joven… Alguna vez acudían a la Quinta Covadonga, alejada de los fogones y del cuarto de costura Isabel era otra, las peinetas recogiendo el pelo rebelde, el escote terso… Las miradas del marido se teñían de un color que ella desconocía.
El 11 de Octubre de 1910 nacía Bernardín y en la platería más próxima le grabaron un servilletero y un vaso diminutos con su nombre y le compraron un sonajero en el que un arlequín hacía tintinear tres pequeños cascabeles.
Las iniciales adquirieron otro significado para ella, eran las del hijo que se dormía en sus brazos;
“El mi críu es una rosa
el mi críu es un clavel
el mi críu es un espejo, su madre se mira en él”.

Bernardo crecía ocupando la atención de su madre mientras el otro Bernardo comprobaba que aquella cría a la que había conocido un atardecer al otro lado de las olas se iba transformando, un cambio que comenzaba a disgustarle. El 21 de julio de 1916, seis años después nacía Chabela, el soporte de su madre, la hija deseada que completaba la familia, el vaso de plata, el servilletero diminuto, el sonajero con cascabeles, los faldones y las camisinas llevaban esta vez la I mayúscula de su madre… “Encantadora niña, vamos al Fuerte…
Los primeros pasos encontraron a Chabela vestida con un traje de china poblana confeccionado por su madre, la camisa bordada con cuentas de colores, la falda con lentejuelas y el rebozo diminuto con los colores de la bandera mexicana. ¡Cuánto se acordaba Isabel de sus padres, de sus hermanos, tan lejos!
Llegaban fotos de familia, noticias de bodas y bautizos, de ausencias dolorosas en las que no había podido participar. El tiempo pasaba y Bernardín entró en la adolescencia con tantas ganas y energía que superaron las expectativas paternas, los celos aparecieron en bocanadas intermitentes, tanto que Isabel no veía el momento de volver a ver a su familia y la tristeza se volvió cárcel. Pero le quedaba la ilusión de su hija, transmitirle la afición familiar por la cocina, por cómo darle el punto al hojaldre o de qué manera sacar partido a las cuatro cosas que quedaban en la despensa para elaborar un plato sabroso.
La confección del ajuar, los preparativos, las tardes de costura entre confidencias de madre a hija, escuchando la segunda los recuerdos de momentos parecidos en la casa familiar…
“Ay mi hija, no sabes cómo eran mis hermanos, madre estaba con el alma en vilo porque siempre se la estaban pensando”… “Mi hermana Olvido es reteguapa y María el ojito derecho de tu abuelo” “Ay mi hija… si pudieran verte…” Y vuelta a la labor porque con tanta charla los bodoques no quedaban “tantito gruesos”
Cuando Chabela se casó y formó su nido la soledad llegó como una sombra.
Aquella piel blanca enmarcada en los rizos que tanto habían alabado perdió lustre y los bucles desaparecieron, parecía que el tiempo se deslizaba con más prisa sobre su piel. Bernardo, a quien su padre había expulsado de casa, buscaba los momentos solitarios de su madre para escalar el balcón y verla, aquello era una condena para la madre que veía escapar la vida que había soñado en las noches de cuna de sus hijos.
El 23 de Enero de 1935 a los cincuenta y un años de edad Isabel de la Fuente García falleció sin haber tenido la oportunidad de volver a Santa Ana, su vida fueron dos períodos de veinticinco años, cada uno a un lado de la frontera inmensa del mar. Tres años más tarde Bernardo Pérez Romano, su marido, siguió sus pasos.


