El pasado agosto alguien, intentando exponer un argumento de razón, en unas circunstancias inolvidables, afirmó – ¡el pasado no existe! – Yo prefiero creer que el pasado es un océano de acontecimientos que sin duda ocurrieron, algunos reconstruidos, otros presentes en nuestra conciencia, todos construyendo y alimentando nuestra memoria. La historia de las generaciones pasadas es nuestra historia, y es necesario conocerla para saber quiénes somos y de dónde venimos. «Debes saber que no hay nada más alto y más fuerte y más sano y bueno para la vida en el futuro que algunos buenos recuerdos, especialmente un recuerdo de la infancia, de hogar.
La gente te habla mucho de tu educación, pero un buen recuerdo sagrado, preservado desde la infancia, es quizás la mejor educación. Si un hombre lleva consigo muchos recuerdos de este tipo a la vida, está a salvo hasta el final de sus días, y si a uno sólo le queda un buen recuerdo en el corazón, incluso eso puede ser en algún momento el medio de salvarnos.” Precisamente de ahí surge esta reflexión, a la luz de las fotografías de mi pequeña Ana… “Los recuerdos animan y refrescan, igual que tras un día sofocante las gotas vespertinas de rocío reaniman y refrescan a la flor mustia, reseca por el calor del sol.”
Los colores del pasado están en la gama de los grises, difícil adivinar, si la memoria no los tiene presentes, los rojos del coral, el azul del pañuelo, el nácar irisado en el broche del barco que atravesó el océano… Pero ahí están, intactos, los pequeños pendientes de uvas de coral que llevó la abuela después de su madre y ahora la nieta acaricia. Esas alhajas que el mes de julio nos acompañan en nuestros pasos tras la Santa. Y en esos pasos dejamos pasar el presente, segundo a segundo, adivinando la esperanza de un futuro de colores. Aquel día en el que me llamaron “abuela” por primera vez, el mundo se detuvo solo un segundo para darme un regalo que no sabía que necesitaba.
Mi corazón se llenó de una calidez que no había sentido desde que mis hijos eran pequeños, recuperé esos ojos de confianza plena, que sabían que yo siempre estaría allí. Y ese es mi nuevo nombre favorito, el que me recuerda que sigo siendo parte de una historia viva y el que me hace creer que la vida siempre nos aguarda con una sorpresa. «Hay tres líneas en la biografía de todo ser humano, y nunca son una horizontal y dos perpendiculares. Son tres líneas sinuosas, perdidas al infinito, constantemente próximas y divergentes: lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser y lo que fue». Soy consciente de que ahora, me corresponde una tarea comprometida, la de crear lazos indestructibles que trasciendan el tiempo y el espacio. Deberé entregar en sus manos el alma de nuestra familia para que perdure en su memoria, por siempre, nuestro más preciado tesoro: “nuestra identidad». Espero que el tiempo juegue a mi favor y me permita organizar junto a ella viajes al pasado para transmitirle historias y tradiciones que perpetúen el hilo que nos ha unido generación tras generación.
Junto a eso intentaré hacerle comprender que podemos ser distintos, únicos e irrepetibles, sin que esa diferencia nos haga creer que estamos por encima del bien y del mal y que el respeto que sentimos por lo nuestro es incompleto si no sabemos respetar lo del otro … Viviendo y aprendiendo…
Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre. “Hay imágenes de la infancia que se quedan grabadas en el álbum de la mente como fotografías, como escenarios a los que, no importa el tiempo que pase, uno siempre vuelve y recuerda.” Un olor que nos despierta un recuerdo… el tacto de una tela que nos dibuja un paisaje habitado con ilusión… En esta maravillosa etapa no hay pasado, no hay futuro; sólo un presente que se mira con inocencia e ilusión y me siento afortunada de coincidir en este momento y de poder seguir sus pasos, sobre el sendero de baldosas, que llegan a lo más limpio del alma.



