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Manuel Tamés Sordo, de puño y letra

Al puerto los llevó la Virgen de Guía

(Transcripción del manuscrito-borrador de Manuel Tamés publicado en El Oriente de Asturias)

 

No se recuerda galerna tan horrorosa como la que azotó las costas del Cantábrico el 15 de octubre de 1883. Zozobraron todas las lanchas que en ese día se dedicaban a la pesca entre Santander y Gijón. Todas, menos la titulada Nuestra Señora de las Lindes y de la matrícula de Llanes, tripulada por dieciocho marineros de esta villa, con su patrón Manuel García, padre del que fue notario don Francisco García Ruenes (“Fallo”). Refiere el dramático acontecimiento un testigo presencial (J.L.) en un extenso escrito que, años más tarde, transcribió El Oriente de Asturias. Llenando varias columnas de sus números 42 y 43 (enero y febrero de 1886, segundo año de su fundación) y confirman su relato los numerosos descendientes de aquellos tripulantes que lo oyeron referir a sus abuelos y bisabuelos. Quisiéramos copiar íntegra esta narración tan patética y conmovedora como piadosa y poética, pero el corto espacio del que disponemos en estas columnas, nos obliga a extractarlas en un breve resumen.

Las olas parecían montañas, monstruos apocalípticos dispuestos a tragarse la tierra. Rebasando las alturas del paseo de San Pedro, inundaban la ería y bajaban por delante del convento de Agustinas (después Colegio de La Encarnación) y atravesando la carretera (calles de Nemesio Sobrino, Castillo y Mercaderes) venían a desaguar en el Ribero. Golpes de mar gigantescos saltaban por el “Fuerte-casa del Rey” y caían de lleno sobre el “Pozo del Alloral”. El baluarte que había en la trinchera hasta “El Fuerte” fue arrancado de cuajo y arrojado, en grandes trozos al prado de Santa Ana. Y aguantando tan terrible temporal veíase a “Nuestra Señora de las Lindes”, a la deriva, que a veces desaparecía como si ya las olas se la hubiesen tragado, y otras reaparecía, como un punto negro en medio de la inmensa llanura blanca.

Todo el vecindario se agrupaba en el portal de Santa Ana y sus alrededores presenciando, espantados, el horrible espectáculo, con lágrimas y oraciones por los pobres náufragos, y a esa misma hora (nueve de la mañana) el beneficiado don Lorenzo Simón González, celebraba misa en la iglesia parroquial. En el momento de elevar la sagrada Hostia, un niño de cuatro años, vistiendo el hábito de franciscano, entró en el templo, se postró ante el Cristo de la Penitencia y, en alta voz, con sublime devoción, le pidió el salvamento de su padre; era un hijo del patrón de la lancha naufragante. Hecha esta súplica, corre de nuevo a Santa Ana y, con él, toda la gente que había en la iglesia. Arreciaba la furia del huracán; el naufragio era inminente. Los marineros asidos, con toda su fuerza a los bancos, y el timonel atado a la popa, dejándose ir a merced del viento y de las olas, ponían ya únicamente en Dios su esperanza, en Dios y en la Virgen de Guía, a quien hicieron la promesa, fielmente cumplida tres días después. Volaba la embarcación con sólo un palmo de vela al trinquete… El señor cura, acercándose cuanto pudo a las murallas del “Fuerte” se postró de rodillas para orar por los náufragos y darles la absolución. Desapareció la lancha… las campanas tocaron a muerto. La villa entera vistió de luto… Pero la Madre santísima de Aquel que impera sobre los vientos y calma las tempestades, tomó el gobierno de “Nuestra Señora de las Lindes”. A las cuatro de la tarde, una gran fuerza de mar, la arrojó a la isla situada en la embocadura del puerto de San Vicente de la Barquera y, cuando se creían muertos, otro gran maretazo los lanzó dentro del “Carrero” y los dejó, salvos, en el puerto. Los vecinos de San Vicente, aunque consternados por la pérdida de sus lanchas, atendieron a los de Llanes, prodigándoles ropas, alimento y hospedaje con admirable caridad. El 16, repuestos de tantas fatigas y emociones se reunieron en la plaza de aquella villa para cumplir la primera de sus promesas. Descalzos y de rodillas, se encaminaron a visitar a la Virgen de la Barquera, para darle gracias y, dejando a sus pies, como exvoto, un precioso ramo de piedra, semejante a una filigrana, que habían encontrado en el mar al dedicarse a la pesca el día 14.

La noticia del salvamento que fue recibida en Llanes con el júbilo que es de suponer, se supo aquí por el asistente de un P. franciscano del  convento de San Vicente y por un marinero llamado “Chiquito” que llegó a Purón antes que sus compañeros. Los dieciocho, sanos y salvos, vinieron desde Purón en dos filas descubiertas, descalzos rezando el Rosario, hasta el Santo Cristo del Camino, en cuya ermita cumplieron su segunda promesa. La tercera y principal la realizaron el 19 ante la Virgen de Guía. A las ocho de la mañana, la campana del Gremio convocó a todos y, seguidos del pueblo en masa, subieron, de rodillas y descalzos a la entonces pobre ermita, donde confesaron, comulgaron y oyeron, con edificante fervor, una misa solemne. 

Prueba este suceso histórico que la Devoción a nuestra Virgen de Guía (existente ya en el s. XIV), conseguía de nuestra amabilísima Señora, Reina y Madre, favores tan señalados como el referido y prueba la arraigada Fe y piedad práctica de los marineros en aquella época; muy dignas de imitarse por nuestros contemporáneos.

Narración que firma Manolo del naufragio de Las Lindes y que despide:

“… Esta es, en síntesis, la exactitud del memorable suceso de 1883. Tal como es, al Sr. Francisco García Ruenes le dedico, abonándome por ello a dos razones:  1ª Por ser V, el que avaro conserva cual veneranda reliquia la lancha de las Lindes y 2ª Por ser el hijo del patrón que la gobernaba y hermano del niño que ante el Cristo de La Penitencia se postró. Acéptela pues, en consideración de la estima que merece a su afectísimo s.s.”

isabel Tamés Junco, su hija, heredó la inteligencia, el humor, la sensibilidad y la libertad de pensamiento de su padre. Escucho la risa de mi madrina y aún me llega el aroma de aquellas galletas de nata que guardaba en la despensa, bajo la escalera de su casa de Güemes. Poco duraban allí, los ahijados nos encargábamos de dar buena y rápida cuenta de aquellos manjares, también recuerdo el primer libro que me puso en las manos, salido de un baúl… «La Pimpinela Escarlata»… la primera poesía de las Rimas de Bécquer en el cuarto de estar de su casa… «Sobre sus hombros…» y otro volumen que metió en mi equipaje de vuelta casa, el último verano que pasé con ella… «La Tesis de Nancy» de Ramón J. Sender – «Verás cómo te ríes» – me dijo… Por ella, viajaremos en este círculo de azar que, una vez más, pone en duda la existencia de la casualidad.  Mi madrina que, primero lo fue de mi madre, era como su padre,  una apasionada de La Virgen de Guía, por ella…

 

 

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por | Mar 9, 2022

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